JESUS + ANTINOMIANISMO = NADA

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Todos hemos quedado impactados con la noticia respecto de la caída de Tullian. No es motivo de gozo (¡ni mucho menos de indiferencia!) cuando un ministro de Dios cae en pecado.

Las consecuencias son tristes. La gloria de Dios pasa a ser eclipsada, la santidad de la iglesia manchada, la membresía decepcionada y una familia destruida.

Pienso en los hijos de Tullian, y se me quiebra el corazón imaginar como se sentirán al ver a sus padres en tal situación.

Tampoco debemos desconocer el tremendo “trabajo” que debe estar haciendo Satanás, en asociación con el Mundo, para terminar de “rematar” a todos los involucrados en este acontecimiento, en especial a Tullian y familia.

Sin embargo, mas allá de la familia de Tullian y su congregación, debemos pensar no solo en la restauración de ellos, sino también, en como paliar y prevenir con mayor eficacia las caídas de los ministros de Dios. Casos hay de sobra, desde la iglesia primitiva hasta hoy día.

Por lo tanto, no debemos dejar de analizar con profundidad lo que ha acontecido. El motivo no debe ser la morbosidad, sino que debemos aprender de esta triste experiencia, y aplicar a nuestros corazones los hechos de providencia que Dios nos está advirtiendo ahora mismo.

En primer lugar, debemos entender que toda caída de un hombre de Dios debe provocar en nuestros corazones un profundo “temor”. Pablo recomienda a Timoteo: “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman”[1]. Este temor no debe ser entendido de manera egoísta, al estilo: “me van a pillar”. Si no mas bien, en cuanto a comprender, y jamás olvidar, que todo presbítero (Docente o gobernante) es un ungido de Dios que está para servir a Cristo, y administrar los misterios de Dios[2]. El sagrado ministerio lleva el sello de Dios, es el gobierno de Cristo a través de sus ministros[3] quienes detentan las llaves del reino de los cielos [4], velan por la pureza del evangelio, y vigilan que las marcas de la iglesia sean observadas debidamente en la iglesia[5]. En otras palabras, el ministerio es la obra sagrada de Dios, que conlleva su reputación y gloria a todas las naciones. Por lo tanto, violar la obra de Dios no sólo descalifica el sagrado ministerio, sino que también desacredita a su cabeza, a nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores. Ojalá temamos, y sintamos dolor en nuestro corazón, por si estamos incurriendo en algo similar (o parecido) a lo de nuestro hermano y colega Tullian.

En segundo lugar, debemos aprender a tener cuidado de nosotros mismos. Pablo le dijo a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo…”[6]. El sabio predicador puritano Richard Baxter dijo: “Primeramente, tenga cuidado de usted mismo. Asegúrese de que ha sido verdaderamente convertido. Tenga cuidado de no estar predicando acerca de Cristo a otros, mientras que usted mismo esté sin Cristo… Hay muchos predicadores que están ahora en el infierno, quienes advertían muchas veces a sus oyentes de la necesidad de escapar de él. ¿Acaso espera que Dios le salve a usted por haber ofrecido el evangelio a otros, mientras que usted lo rechaza? Dios nunca prometió salvar a los predicadores, sin importar cuán dotados fuesen, a menos que ellos fueran convertidos”[7]. Cuidado, nunca olvidemos que Dios también usa burros, falsos profetas, traidores, fariseos, y demonios para cumplir su plan. EL hecho que Dios nos use poderosamente no es prueba alguna de nuestra salvación. Satanás puede imitar los carismas, milagros, fe y elocuentes sermones, pero jamás podrá imitar la santidad de Dios y el carácter de Cristo en la vida de un hombre. Por este motivo Baxter es profético al anunciar la siguiente amonestación: “Los pecados vergonzosos y las herejías comienzan normalmente con desviaciones pequeñas… usted cede ante el orgullo … entonces usted será una maldición en lugar de una bendición para el pueblo de Dios”[8]. Por tanto, tengamos cuidado de nosotros mismos, de nuestra comunión con Dios, y analicemos la fuente donde estamos buscando deleite para nuestras almas.

En tercer lugar, debemos tener cuidado de la doctrina. Pablo sigue amonestando a Timoteo: “Ten cuidado… de la doctrina”[9]. En este punto quiero detenerme por más tiempo, ya que es central comprender lo que (a mi juicio) sucedió con Tullian.

Es sabido por todos que Tullian se destacaba como un predicador de la “gracia”, de hecho, todos deseamos predicar el evangelio de la gracia, sin embargo, no todas las expresiones de la cristiandad la entienden de la misma manera.

No sé si, consciente o inconscientemente, Tullian se hacia pasar como uno de los paladines de lo que él llamaba “gracia escandalosa”. Y esta posición es muy popular en el mundo “reformado”, ya que estar del lado de la “gracia” es estar del lado de los “buenos”, y no sólo eso, sino que también te instala inmediatamente en la línea de sucesión histórica de los próceres del principio “Sola Gratia”.

Quien se asume como un predicador de la “libre gracia” comienza ganando inmediatamente, ya que posee un discurso aparentemente “sensible”, “misericordioso”, “empático”, y sobre todo, “bíblico-reformado”. Al contrario, discrepar con un exponente de ellos te traerá inmediatamente el calificativo de legalista, fariseo, y moralista. Obviamente entras a ser parte de los “malos”, y difícilmente comenzarás la discusión con la balanza a tu favor. La fuerza de la simpatía, la popularidad, y el poder de la retórica, hacen a Tullian un gran exponente del calvinismo emergente, y un eficaz interlocutor del hombre posmoderno.

Sin embargo, la fe reformada, es mucho más que las doctrinas de la “libre gracia” o “justificación por la sola fe”. Nuestra confesionalidad y tradición reformada [10], están sostenidos por una teología bíblica incomparablemente sólida, donde el pacto como tema unificador de toda la Biblia cumple un papel vital y transversalmente práctico para todo el que hacer del creyente tanto en la iglesia, así como en el mundo[11].

Pero la cúspide de la teología reformada es su dogmática, es decir, la teología sistemática. La teología sistemática reformada es un precioso y completo engranaje de doctrinas y dogmas, donde cada una de ellas brilla particularmente por su agudeza intelectual, su orden y coherencia lógica, y sobre todo por su potente fundamento bíblico. Solamente estas dos disciplinas bíblicas pueden dejarnos absortos ante tanta claridad del evangelio y del consejo total de Dios. No sin razón decía el gran B. Warfield: “Por tanto, el calvinismo emerge a nuestra vista como nada más ni nada menos que la esperanza del mundo”[12]

Por este motivo, no podemos dejarnos llevar por el propagandismo y panfleteo de algunos predicadores que pretenden ser los fieles depositarios del evangelio. Como ha sucedido a lo largo de toda la historia de la iglesia, siempre habrá movimientos “renovados” que pretenden explicar todo el “consejo de Dios” por medio de reduccionismos, es decir, sencillos principios “bíblicos”, muy atractivos a la gente, pero que dejan de lado el estudio serio de la Escritura, la confesionalidad de la iglesia, la erudición académica y la experiencia que nos enseña la historia.

La iglesia debe aprender a cuidar, tanto a sus ministros así como a sus lideres, de los reduccionismos que andan rampantes. Creo que mucho de lo que escuchamos predicar en sermones presbiterianos (y otras iglesias históricas) hoy en día, obedece a reduccionismos que entraron como la gran panacea. Pero poco resultado han tenido, y en lugar de ser una bendición, se han transformado en promotores del libertinaje y una trampa que ha trastocado la santidad de la iglesia.

Tullian y su reduccionismo de la justificación

Uno de estos reduccionismos se puede detectar en la tendencia “antinomiana” de Tullian. Básicamente Tullian reduce el evangelio a la formula: “Jesús + Nada = Todo”.[13]

Con esta sencilla formula, Tullian trata de resumir el evangelio. Comienza muy bien, ya que desarrolla de manera correcta la depravación total y la incapacidad del hombre para justificarse. También acierta, y da en el clavo cuando plantea que el legalismo es una herejía que debe ser combatida porque rebaja y distorsiona completamente la gracia de Dios. Y no lo hace nada de mal cuando descubre que en muchos púlpitos ya no se predica el evangelio, sino mas bien se enseña un moralismo donde el protagonista es el cristiano y no Cristo. En estos puntos no hay problemas, y creo que todos compartimos la misma doctrina y pensamiento. Quiera Dios que nunca confundamos las cosas, y seamos fieles en estos puntos que destaca Tullian de manera excepcional.

Pero las complicaciones comienzan cuando Tullian cree que el evangelio se reduce solamente a la fórmula “Jesús + nada= todo”.

Uno de los errores mas grandes de Tullian con esta fórmula es que reduce el evangelio solamente a la doctrina de la justificación. Para Tullian el evangelio es solamente tener conciencia de cuán aceptados, amados, perdonados y justificados somos por la cruz de Cristo.

Es correcto su razonamiento cuando dice que en Cristo estamos aceptados, amados y justificados por medio de la fe. Es cierto, la doctrina de la justificación es el corazón del evangelio[14], y sobre esta doctrina “la iglesia se sostiene o cae”[15].

Sin embargo, lo preocupante de Tullian es su concepción de que el evangelio es sólo justificación. A esta falsa suposición de Tullian podríamos llamarla “falacia de reduccionismo”, ya que niega que el evangelio incluya propiedades, conceptos, explicaciones y realidades que van más allá de la doctrina de la justificación. Para Tullian, la doctrina de la justificación es una especie de sábana que envuelve y absorbe todo el evangelio, reduciendo la soteriología[16] (y en especial el orden de salvación[17]) reformada al campo de lo legal, externo, declarativo y posicional.

No obstante, Tullian, olvida que en el evangelio no solamente tenemos una nueva “posición en Cristo”, sino que también tenemos una nueva “participación con Cristo”. El evangelio no es algo que ocurre solamente “afuera”, en la cruz, sino que también es algo que sucede “adentro”, en nuestra alma. No podemos olvidar las realidades de la regeneración, y de la santificación. En la regeneración recibimos el implante de una nueva vida, nacemos de nuevo, y pasamos a ser una nueva criatura. Y en la santificación somos transformados interna, moral y espiritualmente. Si la justificación cambia nuestro estado delante de Dios, la santificación cambia nuestro carácter interno. Si la justificación es instantánea, la santificación es progresiva y dura toda la vida. Si la justificación es pasiva, es decir, el hombre no hace nada, la santificación es sinérgica, esto es, coopera, actúa y obra por la gracia de Dios. Dicho de otra manera, la justificación es Cristo “por” nosotros, y la santificación es Cristo “en” nosotros. Una sucede afuera, y la otra sucede adentro. Una es declarativa, y la otra es recreativa. Una es imputada, y la otra es infusa. Una es legal, y la otra es moral. Una es un cambio de posición, y la otra es un cambio de disposición. Una de las comparaciones mas hermosas que he leído entre justificación y santificación la encontramos en el Catecismo Mayor de Westminster: “en la justificación el pecado es perdonado, mientras que en la santificación el pecado es subyugado”[18]

La doctrina de la santificación es tan importante para nosotros porque no sólo es la continuación de la regeneración, sino que es la prueba externa de nuestra justificación. Una persona que no da muestras de santidad es una persona que no ha sido justificada. No sin razón el puritano John Owen dice: “lo que les da derecho a la gloria es la justificación por gracia; lo que les prepara en forma práctica para disfrutar la gloria, es el proceso de la santificación”[19]

Pero Tullian se aleja del concepto reformado de la santificación, y se acerca peligrosamente al concepto luterano cuando dice que “la santificación es simplemente el arte de acostumbrarse a la justificación”[20]. Él cree de todo corazón que mientras más contemplamos nuestra justificación y aceptación en Cristo, irremediablemente seremos más y más santificados. Tullian supone que el medio de gracia exclusivo de nuestra santificación es la meditación y contemplación de nuestra justificación. Por lo tanto, la justificación viene a ser el único motor y causa de la santificación.

No niego que la contemplación de mi nueva posición en Cristo (justificado, aceptado, amado, perdonado y adoptado) sea un medio que ayuda a mi santificación. ¿Quién no se quebranta al mirar la cruz de Cristo, y quedar absortos ante tanto amor del Padre que fue capaz de rechazar a su Hijo para aceptarme y darme todos los privilegios de su único Hijo? No hay duda que la justificación refuerza y enciende nuestra santificación.

Tullian y el uso de los medios de gracia

El problema es que las Escrituras y las confesiones reformadas reconocen otros medios de gracia para la santificación, además de la contemplación de nuestra justificación.

La Biblia no sólo nos manda a “contemplar” la cruz de Cristo, y gozarnos en la doctrina de la justificación, sino que también nos exige que seamos proactivos y diligentes en el uso de todos los medios de gracia disponibles para avanzar en el proceso de la santificación. La Escritura es clara cuando nos llama a: consagrar nuestros cuerpos a Dios[21], renovar nuestras mentes[22], aborrecer lo malo[23], practicar la comunión con otros hermanos[24], orar[25], obedecer la palabra[26], recibir los sacramentos[27], hacer morir la carne[28] etc.

Por esto mismo encontramos a lo largo de todo el nuevo testamento reiterados llamados para esforzarnos y ser solícitos en el camino de nuestra santificación. Textos como: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”[29]; “esfuércense por añadir a su fe, virtud…”[30]; “…no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”[31]; “absteneos de toda clase de mal”[32]; “Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene…; Así que, yo de esta manera corro… peleo…, golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” [33]; “y no proveáis para los deseos de la carne”[34]; “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros…”[35]

Si Tullian cree que los constantes llamados a renovar nuestras mentes, a orar, a leer la Palabra, a ocuparnos de la salvación, a esforzarse, a ser diligentes y no perezosos, a correr, a pelear, abstenernos del mal, a golpear nuestro cuerpo[36] y a mortificar la carne, debieran interpretarse única y exclusivamente como actos contemplativos de nuestra justificación, entonces Tullian tiene serios problemas con su comprensión de la Biblia, y también con la teología reformada.

Uno de los peores errores que comete Tullian, y muchos predicadores “reformados” hoy en día, es creer que todos los textos de la Biblia que nos llaman a mortificar la carne y morir al pecado, deben ser leídos e interpretados a la luz de la doctrina de la justificación. Esta es una triste aplicación de lo que un teólogo llamaba la “hermenéutica del caballo de ajedrez”[37], donde la interpretación de un texto bíblico tomaba un curso diferente (a su sentido normal y natural) con el fin de torcerlo para explicar una doctrina que nada tiene que ver con el versículo en cuestión.

Tullian también desconoce, o se hace el leso, respecto de la claridad y fuerza con que las confesiones reformadas demuestran que la santificación también se logra por otros medios de gracia. Nuestra Confesión de fe de Westminster dice: “La gracia de la fe… es hecha ordinariamente por el ministerio de la palabra; también por la cual, y por la administración de los sacramentos y por la oración, se aumenta y se fortalece”[38]. El Catecismo Mayor de Westminster también responde sobre los medios de gracia: “Los medios externos y ordinarios, por medio de los cuales Cristo comunica a su iglesia los beneficios de su mediación, son: todas sus ordenanzas, especialmente la Palabra, los sacramentos y la oración, todos los cuales son hechos eficaces en los elegidos para su salvación”[39]

Entonces, es responsabilidad de cada cristiano perseverar a través de los medios de gracia. La práctica de la oración, la lectura de la Palabra, la recepción de los sacramentos, la confesión de pecados, la rendición de cuentas, así como tantas otras más, son las vías que Cristo nos dejó para crecer en santidad.

Sin embargo no debemos cometer el error de creer que los medios de gracia solamente son “medios”, como si fueran conductos de ventilación o cables por donde pasa la electricidad. Los medios de gracia también son “gracia”, pues Cristo está en ellos.

Cuando comemos del pan y bebemos de la copa también estamos recibiendo a Cristo y sus beneficios. Cuando oramos al Señor podemos estar seguros que él esta ahí contemplándonos y oyéndonos. Cuando leemos u oímos la Palabra, podemos tener la seguridad que Él esta hablándonos. Estos “medios de gracia” también son gracia porque el Cristo vivo está en ellos. Cristo es la Palabra que nos confronta, Cristo es el Sumo Sacerdote que ora con nosotros, Cristo es el pan y el vino que nos alimenta. Evitemos quedarnos con el uso común y ordinario que se la da a la palabra “medio”. No olvidemos que hay una relación sacramental, o espiritual, entre el signo y la cosa significada… “donde llega a suceder que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro”.[40].

No oremos solamente porque “hay que orar”, ni leamos la Biblia solamente porque “hay que leer la Biblia”, ni tampoco participemos de los sacramentos solamente porque “tenemos” que hacerlo. Avancemos a la meta y participemos de Cristo en cada momento e instante de nuestras vidas. Su Espíritu es participación de Cristo infundiendo aliento y gracia a nuestras vidas.

Por lo tanto, la santificación es mucho más que “acostumbrarse a la justificación”, santificación es la decisión de todo cristiano en participar del poder de Cristo, con los medios que Cristo ha establecido, para tener una comunión transformadora y ser semejantes a Cristo.

Por esta razón, queridos colegas, debemos hacer nuestra la recomendación del príncipe de los puritanos: “¿Mortifica usted sus pecados? Su vida depende de esto. No deje de hacerlo ni siquiera por un solo día. Mate al pecado o el pecado lo matará a Ud.[41]

 Tullian y el uso de la ley

 Otro problema que tiene Tullian y los antinomianistas, es su limitada y pésima concepción de la “Ley”.

Para ellos la “Ley” sólo cumple la función de acusar y demostrar la incapacidad que tenemos de agradar a Dios. Esta postura es correcta, pero es insuficiente, queda corta.

El antinomianismo ve la ley de Dios como un sombrío e iracundo fiscal que acusa a los “pobres” pecadores señalándoles el infierno, o como alguien dijo, “es un dedo acusador”.

Pero nuestra confesión reformada reconoce y asume que la ley cumple otras funciones, o usos, aparte de acusar y condenar.

Para los santos de Westminster la ley de Dios es útil ya que ella actúa como guía de vida, exhibe el pecado del corazón, y detiene nuestra corrupción.[42]

Más aún, la confesión nos enseña que “Dios aprueba la obediencia (de los creyentes), y cuáles son las bendiciones que deben esperar por el cumplimiento de la misma”[43].

Pero deja bien en claro que obedecer la ley (para un creyente) no es legalismo, sino que es evidencia de estar bajo la gracia divina, “así que, si un hombre hace lo bueno y deja de hacer lo malo porque la ley le manda aquello y le prohíbe esto, no es evidencia de que esté bajo la ley, sino bajo la gracia”[44]

En resumen, el antinomianismo mira a la ley de Dios “casi” como un enemigo del creyente, en cambio, los reformados la reconocemos como un medio de gracia porque no es contraria al evangelio[45], y porque produce gozo para todos aquellos que la observan[46].

Para la teología reformada, ley y evangelio no son enemigos, ni tampoco son incompatibles. Ley y evangelio coexisten en el Dios Trino sin ningún problema, es más, ellos se complementan revelando gran parte del carácter de Dios y sus atributos. Ley y evangelio “concuerdan armoniosamente”.[47]

Entonces ¿Dónde esta la diferencia?

Ley vs. Evangelio (antítesis “ley – evangelio”)

San Pablo reconoce que existe una diferencia o antítesis entre ambas, pero esa diferencia no está en el carácter de Dios, sino que en el carácter nuestro. Esta distinción no es “teológica”, sino más bien “antropológica”, o mejor dicho “hamartiologica” (por causa del pecado).

Por este motivo podemos ver que muchas veces Pablo habla negativamente de la ley, y da la sensación que opone la ley en contra el evangelio. ¿Qué quería decir San Pablo con esta aparente antítesis entre “ley y evangelio”[48]?

En primer lugar, debemos responder que la ley no es mala, sino que, como dice Pablo: “la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”[49]. Por lo tanto el problema no es la ley.

En segundo lugar, debido a nuestra naturaleza caída (la carne), la ley no puede darnos la vida que promete, ya que nuestra naturaleza depravada rechaza la vida de Dios[50]. Por lo tanto el problema es la carne[51].

En tercer lugar, Pablo en el capítulo 8 de romanos, nos enseña que la ley se transforma en nuestro libertador cuando está operando el poder del Espíritu Santo. Leamos atentamente lo que ahora nos dice San Pablo respecto de la ley: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, 2 pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. 3 En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo… Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana, 4 a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu”.[52]

Por este motivo, llegamos al cuarto y último punto. Pablo nos está diciendo que una vez que estamos en Cristo, la ley se transforma en nuestra aliada, y ya no es un instrumento de condenación (Como enseñan los antinomianos), sino que es una instrumento de vida. Por este motivo la llama “ley del espíritu de vida”. La ley en el Nuevo Pacto se convierte en un poder vivificador que, solamente por el Espíritu Santo, nos libera del pecado y de la muerte (Rom. 8: 1-4).

Así la teología reformada no ve una antítesis total entre ley y evangelio (al estilo luterano). Si no más bien las observa como una misma realidad (llamada pacto de gracia) pero con dos dimensiones teológicas.

Hay quienes piensan que son como dos enemigas en eterno combate. Y otros creen que son como dos hermanas gemelas, iguales pero distintas donde cada una cumple su función exclusiva separada una de la otra.

Si tuviéramos que buscar una analogía podríamos decir que son como dos hermanas siamesas pero con un mismo corazón y un mismo cerebro. Hay distinción, pero no pueden ser separadas, ya que en el fondo son los mismos órganos que las unen y les dan vida.

El evangelio contiene ley, y la ley contiene evangelio. La diferencia la hace la cruz y el Espíritu Santo cuando regenera al pecador, así la ley se transforma en evangelio. Lo que antes no quería, ahora lo quiero; lo que antes me alejaba, ahora me acerca; lo que antes era amargo, ahora es dulce; lo que antes me condenaba, ahora me justifica. Ley y evangelio son el pacto de gracia revelado en Jesucristo.

¿Entonces cuál es la oposición que Pablo ve entre ley y evangelio? A la luz de todo lo que hemos visto, podemos decir que la antítesis paulina se da cuando tratamos de vivir el evangelio con el poder de la carne, cuando tratamos de cumplir la ley con los esfuerzos y méritos humanos, y no con el poder del Espíritu de Cristo obrando en nuestras vidas. Esta lucha aún continúa, sin embargo, llegará el día en que esa oposición entre “ley y evangelio” desaparecerá completamente de la vida del creyente, porque la santificación y la glorificación erradicarán completamente la antítesis POR MEDIO DEL PODER DEL ESPIRITU SANTO.

SOLI DEO GLORIA

Escrito por: Pastor Walter Vega. Iglesia Presbiteriana Cristo Rey

 

[1] 1 Tim. 5: 20

[2] 1 Cor. 4:1

[3] Cap. XXX, Parr. 1. CFW

[4] Cap. XXX, Parr. 2. CFW

[5] Cap. XXV, Parr. 4. CFW

[6] 1 Tim. 4:16

[7] Richard Baxter. “El Pastor Reformado”, Pág. 4

[8] Ibid. Pág. 5

[9] 1 Tim. 4:16

[10] Me refiero tanto a las tradiciones continentales de Europa, así como a la escocesa, en especial a la Confesion de Fe de Westminster.

[11] Como dato curioso, recién en el primer cuarto del siglo XX, el sacerdote jesuita Henry Lubac fue el primer teológo católico romano en instalar el concepto de pacto en la teología bíblica católica romana. Hoy, la Iglesia de Roma, admite la realidad del pacto como hilo conductor de toda la Biblia.

[12]http://www.monergism.com/thethreshold/sdg/warfield/warfield_calvinismtoday.html

[13] http://www.amazon.com/JESUS-NADA-TODO-TCHIVIDJIAN-TULLIAN/dp/9875574317

[14] Justification In Protestant Theology. J. I. Packer, Pag. 219

[15] “articulus stantis et cadentis ecclesiae”. Artículos de Esmalcalda.

[16] Doctrina de la salvación

[17] Ordo salutis

[18] Preg. 77. C.M.W.

[19] La mortificacion del pecado. John Owen, Pág 4

[20] “Jesus + Nada= Todo”, p. 172

[21] Rom. 12:1

[22] Rom. 12:2

[23] Rom. 12:9

[24] Rom. 12:16

[25] Hech. 2:42

[26] 1 Pe. 1:22

[27] 1 Pe. 3:21

[28] Rom. 8:13

[29] Fil. 2:12

[30] 2 Pe. 1:5

[31] Heb. 6:12

[32] 1 Tes. 5:22

[33] 1 Cor. 9:24-27

[34] Rom. 13:14

[35] Col. 3:5

[36] figura literaria que apunta a la lucha contra la naturaleza pecaminosa y no contra el cuerpo humano.

[37] Alusivo al juego del ajedrez donde la pieza del caballo Tiene un movimiento semejante a una “L” y, a diferencia de otras piezas, puede saltar piezas intermedias.

[38] CFW. Cap, 14. Parr. 1

[39] Preg. 154 Cat. Men. West.

[40] Cap. XXVII, Parr. 2 CFW

[41] La mortificación del pecado. John Owen, Pág. 8

[42] Cap. XIX, Parr 6. CFW. (Lamento no poder explicar con profundidad los tres usos de la ley ya que no tengo el espacio suficiente)

[43] Ibid.

[44] Ibid.

[45] Cap. XIX, 7. CFW

[46] Ibid.

[47] Ibid.

[48] Rom. 7:4; Ro. 6:14

[49] Rom. 7:12

[50] Rom. 7:10

[51]Rom. 7:14-20

[52] Rom. 8:1-4

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